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Desgarro muscular

Zidane, jugador histórico de la Selección Francesa

Los dos equipos saltan al terreno de juego. El respetable los recibe con algarabía. Algunos jugadores dan brinquitos como si jugaran a la cuerda, otros aceleran la carrera y regresan corriendito a sus posiciones iniciales. Después de pasar una tarde entera en un hotel, quizás éste sea el mejor momento de la jornada. Ahora es preciso llevarse una mano al corazón y entonar el himno de su respectivo país. Los españoles tan sólo tararean la música.

Me atrevo a decir que el himno nacional es un canto a la historia, es la música de la historia. Y nos emociona. Y nos seguirá emocionando cuantas veces sea necesario. Para nadie es un secreto que el honorífico escalafón de himnos lo encabeza Francia, escoltada muy de cerca por nuestra querida Colombia (cabe preguntarnos de qué sirve y a quién sirve el arbitrario orden establecido y asumido por unos cuantos de nuestros comentaristas). El tercer lugar lo debe ocupar el himno de la alegría de Beethoven o Macarena de Los del Río. Y luego viene samba pa’ ti de Carlitos Santana. Al nombrarlos se me ha puesto la piel de gallina.

Zidane y Ronaldinho disputan el balón en la Copa Mundial de Fútbol de Alemania 2006

Pero hablemos del himno francés, del primero en la lista. Hace poco volví a ver la película Casablanca y ahora creo entender el por qué del encanto de la Marsellesa. (Sin entrar en discusiones acerca de la letra). Al protectorado francés de Casablanca, en Marruecos, llegan todas aquellas personas que desean escapar de la guerra o la pobreza. París ha sido tomada por los alemanes y ahora el régimen de Vichy colabora estrechamente con el tercer reich. Banqueros y pobres diablos se reúnen en el antro de Rick Blaine, personaje interpretado por Humphrey Bogart, mientras esperan pacientemente un visado que les permita acariciar una nueva vida en América. Siempre hay música en el café americano. El salón es amplio y bien iluminado.

Una noche cualquiera varios soldados alemanes, aparentemente borrachos y con las camisas desabrochadas, interpretan al piano alegres melodías germanas. El reputado jefe de la resistencia Víctor Lazlo, se dirige al lugar donde descansa la orquesta y les ordena que toquen la Marsellesa. Los músicos observan a Rick Blaine y éste hace un leve movimiento de cabeza autorizando las acciones; Blaine lleva puesto un esmoquin blanco. Al oír los primeros acordes del himno francés, la muchedumbre enardecida se levanta de sus sillas. Los viejos cantan, los jóvenes también, las mujeres lloran, la cantante española también, los marroquíes aplauden, los portugueses también. Inútilmente los soldados alemanes golpean las mesas con sus jarras cerveza.

Al salir del cine recordé que una noche del 2006, en un antro irlandés, me encontraba apostado en una esquina esperando que la bola rodara en el juego Francia – Brasil por la copa mundo disputada en Alemania. Los equipos salieron al terreno de juego. Un colombiano con el corazón dividido. Zidane daba unos brinquitos como si jugara a la cuerda. Ronaldinho aceleraba la carrera y regresaba en el acto. La Marsellesa resonó en el estadio de Frankfurt. A mi alrededor, decenas de jóvenes nacidos en los años 80 y vestidos con ropa de diseñador, cantaban fervorosamente el himno de su país, lo cantaban como en la escena de Casablanca. Luego vino el turno de los pocos brasileros que se encontraban en el antro irlandés y lo hicieron de igual manera, lo hicieron como sólo lo saben hacer los penta campeones del mundo.

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