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Bautizados por la sangre de Black Sabbath

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Black Sabath

Sonó la sirena durante 30 segundos presagio de que las puertas del infierno abrirían pronto expulsando ángeles caídos convertidos en melodías: el arte en la muerte, en la vida que la evoca, la celebra, el infinito como purgatorio musical de un sábado que nunca será santificado porque además la sirena sonó un domingo cálido 6 de octubre de 2013 en la Ciudad de La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires, en una Argentina glorificada por la oscuridad de la biblia del Heavy Metal: Black Sabbath.

El cono sur se rindió a sus pies cuando los cerdos de la guerra brotaron tras levantarse el telón del escenario del Estadio Único de La Plata y se hizo teatro: vida y muerte sol y luna pero el brillo del satélite mítico resplandeció durante las dos horas que duró la bendición liderada por el príncipe de las tinieblas, el gran Ozzy Osbourne junto con el creador de una dinastía de punteos desgarradores Tonny Iommi, el sello único del bajo trepidante de Geezer Butler y el nuevo ángel caído en la batería, el virtuoso Tommy Clufetos.

Metal de entrada. Como debe ser cuando las llamas se encienden no se deben apaciguar, la gasolina local salió de las fauces de Horcas, veterana banda argentina que interpretó magistralmente seis canciones de su repertorio entre clásicos de sus primeros trabajos discográficos y de sus más recientes, elevando la danza metalera a una tormenta que calentaba motores para el camino deliciosamente espinoso que despuntaba en el horizonte.

Media hora después cuando la noche caía las calderas empezaron a brotar azufre, explosiones, desde un Hangar 18 etéreo y siempre esperado por un público que no para de consentirlos, ¿Quién no lo haría? Los cráneos iniciaron sus implosiones la histórica banda de Trash quien ya ocupa y con creces su trono en el Olimpo musical extremo: Megadeth que durante casi una hora deslumbraron con sus clásicas piezas de colección que en vivo retuercen cualquier armadura de guerra hasta brotar lágrimas de aceite con Peace Sells, la siempre coreada Simphony of Destruction, She Wolf, entre otras y cerrando con Holly Wars una presentación qué, pese a que el sonido no fue el mejor, Dave Mustain y compañía demostraron que lustros atrás, dejaron de ser simples mortales.

-Cu cu, cu cu- no se trataba de un pajarito saliendo de las entrañas de un reloj de pared, era un ave sin cabeza recitando sus primeras palabras. –¡Are you ready!- sí es la demencia de Ozzy, dispuesto a arrancarle la cabeza a los 20 mil acólitos que gritaban y aguardaban su turno en la oscuridad para ser bautizados por la sirena de War Pigs.

Iommi siempre del lado izquierdo de la tarima, Butler del lado derecho y Clufetos reventando la enorme batería en el centro transmitían la pureza de sus obras con un Osbourne que sorprendió a todos con su movilidad, pequeños brincos, animando, moviendo su cabeza e interactuando con sus músicos y con un público sediento de Sabbath.

Hechizados. Into the Void permitió el ingreso al inframundo las cabezas giraban al compás estridente de la guitarra de Iommi que envolvía con sus riffs densos, atmosféricos, detonando éxtasis suspendidos en el tiempo con solos mágicos, magistralmente oscuros. Under the Sun/Every day Comes and Goes nos aseguró que el sol no lo veríamos como antes porque el hechizo ya estaba consumado.

Las piezas de su nuevo álbum ‘13’: End of the Beginning, Age of a Reason y ¿God is Dead? ratificó que el sonido Sabbath perdura y con el retorno de Ozzy a los estudios desde Never say Die (1978) demostró que el Metal seguirá siendo duro, resplandeciente, eterno.

Butler marca registrada en el bajo influencia de tantos, deleitó con un solo quimérico pedaleando un Wah Wah como se debe hacer, dando cátedra, rasgando, punteando, abriendo bocas por donde emergían almas en una realidad disfrazada de sueño eterno. N.I.B sacó lágrimas de viejos que compartieron con sus hijos y hasta con nietos de escasos 9 años que compartían la emotividad de sus precursores en este género que hace parte de una cultura que no tiene límites geográficos.

Manos en el pecho, dedos abriendo ojos, había que creerlo, los corazones latían con fuerza, el vacío se alimentaba de una niebla casi espiritual cuando la voz aún fuerte del príncipe antecedía el himno gritando –Let’s get fucking crazy- y sonó la campana, la oscuridad siempre presente se hizo perpetua, fabulosa, nítida:

- ¿What is this that stands before me?
Figure in black which points at me,
Turn around quick, and start to run,
Find out I’m the chosen one, ¡Oh Nooo!-
Black Sabbath…

Se elevaron las llamas, ya estaba cerca, sentado con su sonrisa esquizofrénica Ozzy miraba a todos y el repicar de los platillos aceleraba junto con las cuerdas de Butler y Iommi. El frenesí fue total, ya no había cabezas en sus puestos, ¿para qué? Si todos flotaban.

Y la corona no pudo ser mejor cuando Clufetos deleitó con un solo de batería de 8 minutos convirtiéndose en un pulpo que destilaba sudor y fuego rompiendo tarros y huesos ante la violencia técnica de un gran baterista que embelesó a las almas que ya flotaban entre aplausos, vivas, gritos y cuernos.

El hombre de acero no podía faltar provocando otro estallido de júbilo entre los cientos que armonizaban y sacaban sonrisas a los músicos con sus vivas futboleras, Children of the Grave otra de las más coreadas, como todas en aquella ceremonia donde el infierno jamás había estado tan dulce, hermoso, y el cierre tan apoteósico para quedarse Paranoid para la vida eterna: –God bless you all, we love you- y volvió la luz.

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