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El Desprecio de Godard. el día que murió Jean Luc

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El Bartoleo

El Desprecio (1963)

A los 33 años Godard era el cineasta más importante del mundo. El estreno de El desprecio confirmó lo que se había insinuado con Sin aliento y Vivir su vida. Godard había nacido para cambiar la historia del cine. Se comprobaba que el cine era más importante que la vida. Nadie había iniciado un filme como él lo había hecho, mostrando de entrada sus cartas. Mientras un narrador decía quienes trabajaban en El desprecio la cámara mostraba como Raoul Coutard hacía un travelling. No más empezando el cineasta francés nos revelaba que íbamos a estar dentro de una muñeca rusa, cine dentro del cine.

Paul Javal se ha casado con una hermosa taquígrafa un poco tonta pero lo suficientemente sensible como para amarlo con desesperación. Aunque sus guiones se venden bien, incluso ya había hecho una colaboración con Nick Ray en Más grande que la vida su situación financiera no es la mejor. Por eso la llamada del poderoso productor norteamericano Jeremy Prokosh le ha abierto de par en par las puertas de los grandes estudios. El proceso de rodaje de La odisea está en un bache. Fritz Lang el director que ha contratado Prokosh tiene una visión del drama de Homero que no es precisamente la del productor. Por eso el guión necesita una reescritura urgente. Como un maldito aliado del demonio ha entrado Javal en el proyecto. Lang, ya viejo, cada vez más ciego, contempla con un tranquilo cinismo su derrota. Tiene que hacer cine para poder comer. Lejos están los días de M, del Doctor Mabuse donde el controlaba sus películas. Ahora es un triste títere de los estudios.

Para mostrar la frívola crueldad de un productor Godard buscó a Jack Palance, el clásico gringo alto, fornido, de mandíbula cuadrada. Mientras ven los primeros copiones Prokosh dice saber cómo piensan los dioses. Es apenas obvio. El decide los más mínimos detalles de las vidas que conforman ese pequeño universo que es una película. Una secretaria trae los rollos, él se levanta ofuscado, los arroja al suelo, toma uno y lo tira como si fuera un disco olímpico. Por eso necesita otro guión, un intérprete al servicio de sus caprichos. Obliga a su secretaria a doblarse y encima de su espalda usándola como una mesa le firma un cheque, “Sé que necesitas el dinero” Javal le pregunta “¿Y como lo sabes?” y Prokosh responde “Porque me han dicho que tienes una esposa hermosa”.

La esposa es una provinciana inculta pero tiene la figura de Briggite Bardot en plena forma. La adoración que sentía Camille se ha trastocado en desilusión Javal ya no es el escritor idealista, el que se hubiera suicidado si no podía escribir. Ahora era otro artículo que tenía precio y se podía comprar. Así fuera por su propio bien, por darle todo lo que ella había soñado, un apartamento amplio, buena ropa, buena comida, un auto descapotable. Ante una traición de esa magnitud lo único que puede sentir Camille es desprecio.

Pero nada puede explicar el súbito desamor. Nadie deja de amar en un solo día, a no ser que los mismos dioses que atormentan a Fritz Lang vayan por Javal. Una venganza proveniente del mismo Olimpo. Godard dice sentir un desprecio profundo por los guiones, por eso resulta bastante curioso que su adaptación de la novela homónima de Alberto Moravia sea junto con La muerte en Venecia de Luchino Visconti de las mejores que se hayan hecho en el cine. A pesar de que el libro de Moravia es maravilloso la película la supera ampliamente. Godard no solo le cambia el nombre a los personajes sino que la producción que se prepara no es un drama cualquiera como aparece en el libro sino la adaptación de La Odisea. La angustia de Lang (quien acá se interpreta a si mismo) Es la misma angustia del director francés ante la adaptación de una idea que no es suya. El productor no es italiano si no un poderoso hombre de negocios norteamericano. En la boca del director alemán sale lo que Godard piensa de los productores de cine “Si yo pudiera prescindir de algo sería de los productores”.

En cada una de las secuencias están las angustias del autor francés. Cuando el personaje de Bardot se pone una peluca, poniendo en lugar de su espectacular melena rubia, un cabello corto y negro uno no puede dejar de pensar en que Jean Luc extraña a Ana Karina, la hermosa actriz que encarnó a la prostituta que llora mientras ve como ejecutan a la Juana de Arco de Dreyer en Vivir su vida. Escenas de la vida conyugal de ambos surgen en El desprecio como un testimonio de que Godard se nutre de su propia vida para hacer cine.

Pocas veces hemos visto en el cine la desolación que produce el desprecio del objeto amado. Nadie está más solo, ni más triste, ni más miserable y humillado que cuando alguien te escupe el amor en el rostro. Verla nadar desnuda en las cristalinas aguas del Adriático y saber que ese cuerpo fue tuyo y que nunca más volverás a tocar produce desesperación. Nos compadecemos de Michelle Picolli tal vez porque alguna vez hemos estado en una situación parecida. A pesar de los colores, del sol destilando brillo mientras se estrella contra el mar, El desprecio es de las películas más desesperanzadoras, más tristes que se han hecho en los 117 años que tiene este arte.

Es una pena que Jean-Luc Godard no haya muerto después de haber rodado a sus 33 años esta obra maestra. Después no tuvo mucho que decir. El maoísmo y su propio egocentrismo dieron al traste con su carrera. Es increíble que aún permanezca activo, como si fuera una figura mitológica, un monstruo jurásico anclado en una época y un cine que no es el suyo. Se le acabaron las palabras y las imágenes de una manera prematura. Para mí es como si hubiera muerto ese verano en Capri y lo hubiese suplantado un farsante el mismo que quiso adoctrinar con su maoísmo barato a miles de incautos que posaban de intelectuales aguantando esperpentos como La china o Todo va bien.

Si quieren conocer el cine y la crueldad del desamor no duden en verla. Ahí les dejo la película. Disfrútenla. El Desprecio (1963)

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