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Del banquillo al banco

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Desgarro muscular

Arnoldo El Guajiro Iguran, cuando jugo en Millonarios

Los momentos más alegres de la vida acontecen en las peores circunstancias; en la definición de un mundial de fútbol desde los 12 pasos, durante un tiro de esquina que cambia una final de liga de campeones e incluso en la agobiante fila de un banco capitalino.

Esta historia debió suceder en 1999. Por aquel entonces mi novia me había dejado y yo sufría como cualquier otro ser humano, las notas de la universidad iban por el suelo, y para completar la saga de infortunios, el perro de la casa se había perdido bajo mi tutela. Recuerdo que mi madre no me dirigía la palabra.

Arnoldo El Guajiro Iguran

Para congraciarme con ella bajé la cabeza y decidí hacerme cargo de pagar el ramillete de facturas mensuales. Y haciendo la cola en un banco, como cualquier parroquiano, reconocí la frondosa cabellera rizada de Alberto Gomero; quizás se encontraba cinco o seis puestos más adelante. Me aparté un segundo de la fila para corroborar mis sospechas y justo a su lado observé al mítico jugador Arnoldo el Guajaro Iguarán. No sé porque pero pensé en cantar el himno nacional. Todavía recuerdo un gol del Guajiro en una Copa América contra Chile, tiro libre o centro desde la izquierda, Arnoldo brinca como un resorte, la peina hacia atrás y el balón de dirige al fondo de la red. Iguarán corre entre sus compañeros con los brazos extendidos al cielo.

Después de la emoción vino la andanada de preguntas. Angustiado pensé que podría perderlos cuando abandonaran la entidad bancaria. Faltaban tan sólo 20 minutos para el final de la jornada laboral. Le dije a la persona que se encontraba delante mío que me guardara el puesto, “me siento algo mareado y debo tomar aire...” Entonces aguardé a Gamero e Iguarán sentado en el capó de mi Fiat Uno. Cuando atravesaron la puerta de vidrio yo estaba ahí, sonriendo y manifestándoles mi admiración. El bigote del Guajiro tenía algunas canas, Gamerito se veía listo para hacer trabajo de estiramiento con la sudadera que traía puesta. Hablamos unos minutos, los suficientes para estar escribiendo una historia.

Sin embargo, no podía dejar pasar la oportunidad de obtener sus autógrafos. Les dije que me esperaran un segundo mientras iba en busca de un cuaderno y un bolígrafo. No encontré ni lo uno ni lo otro. Retiré de un solo tirón el cartel de recompensa que tenía pegado en una ventanilla del carro (recordemos que mi perro se había extraviado) y se lo extendí al par de luminarias. Gamerito le ofreció a Iguarán un esfero de tinta azul. Arnoldo Iguarán prendió la moto, y en un arranque de fina poesía futbolera, escribió la siguiente dedicatoria: “Para nuestro amigo Andrés, de Iguarán y Gamero”. Regresé al banco corriendito y el vigilante me impidió el ingreso. Una persona me observaba desde adentro con cara de yo no fui.

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