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Disección o vivisección

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Desgarro muscular

Atmen. Dir:Karl Markovics (2011)

La etimología termina sirviendo para algo. Me parece que procura claridad mental y amplia conceptos. Desde luego que no pensaba lo mismo en el colegio. A duras penas recordaba el nombre de dos de los Siete Sabios de Grecia. A saber: Tales de Mileto y Solón de Atenas. Ahora me asombra que todavía los recuerde. Quizá sólo recuerde al profesor Polidoro porque era muy bajito. Y también a Tito, el maestro de español, que nos llevó a ver El retrato de Dorian Grey en el teatro Barajas. Claridad, eso creí sentir saliendo del cine. Acaso así deba concebirse la muerte: claridad enceguecedora y luego silencio y calma.

Hará cosa de un año leí el diario de un tipo que he visto dos veces en mi vida, pero quien merece todo mi aprecio. Su nombre poco importa. El señor dice con sorpresa que textil, textura y texto comparten una raíz común: texere. Lo que en nuestro idioma equivaldría a tejer; y yendo mucho más lejos: a fabricar, elaborar y hasta disponer los hilos. Espero estar completamente equivocado o ser demasiado aproximativo. Dicho esto pienso lo siguiente. Al igual que las palabras, ciertas imágenes permiten ver el armazón de una película. O prever escenas y desenlaces. A veces hay que esperar el final para atar cabos.

Y qué es una película, un entramado de historias. No tiene nada novedoso lo que digo. Hay historias burdas, en Francia dicen que están hechas con palustre, e historias sutiles. Pero la sutilidad necesita de cabeza fría. El cine nacional hace carrera dentro de lo burdo. Con muy pocas y buenas excepciones. Por ejemplo El vuelco del cangrejo (2010). La persecución en la playa, cuando la niña y el tipo corren, es de lo más emocionante que he visto, por el sentimiento de libertad y ligereza que trasmite. Sí, ligereza. Algún iluminado tendrá que quitarle el peso de semejante tragedia a todo lo que hacemos y producimos y comemos y cagamos. Oremos para que nazca pronto. He querido olvidar la película de los soldados que encuentran una tonelada de dólares. Un colombiano españolizado me reclamaba airado que qué quería, esa era la realidad hermano. Otro decía que la prostituta estaba muy buena. Se equivoca. La realidad es bien distinta.

Voy a intentar desarmar la película que me hizo pensar en textil, textura y texto (sin querer armarla de nuevo), juntando imágenes y momentos de manera arbitraria. Cada quien ve las cosas según el ojo con el que mira. Reinaldo Arenas decía que su abuela lo vigilaba con el ojo del culo.

La cinta se llama «Atmen». O Respiración según mi traductor Google. En francés decidieron ponerle «Nouveau souffle». Lo cual demuestra una vez más lo buenos que son los franceses para la poesía. Esto lo afirma Roberto Bolaño en una conferencia titulada Literatura + Enfermedad = Enfermedad (publicada en El gaucho insufrible). Por todo lo que me ha dado esa conferencia, en repetidas lecturas, en diversos momentos, en los peores momentos, me siento obligado a pronunciar unas palabras ante el féretro, pero no puedo. Sólo diré que en los peores momentos termino en una biblioteca. Y no es buena seña que los desocupados comiencen saludarlo a uno con un golpe de cabeza.

A Bolaño lo traigo a colación porque al escritor misterioso le otorgaron el premio Nobel. Y no necesita que lo anden citando. Y además porque no tienen nada en común. Me parece que los hermana una sola cosa: escribir por supuesto, incluso en un difícil aislamiento o en situaciones políticas complejas, y el hecho de haber sido reconocidos por el gran público tarde, ya viejos y endurecidos. Esto lo comenta Bukowski en una entrevista. El periodista le pregunta su opinión acerca del éxito repentino del cual goza. Creo que dice que nunca le ha dado las gracias a nadie. Y que se deje de reír porque no le está contando un chiste.

Resumiendo al máximo el argumento, «Respiración» trata de muerte y traumas. Y de abandono materno. Y también de prisiones con piscinas olímpicas. Es decir, de prisiones europeas con reos europeos y guardias colombianos. Pero es una historia optimista.

En la primera escena un muchacho asiente cuando le preguntan si sabe soldar. Atrás, unos operarios de bata azul trabajan aplicados. Enseguida el hombre, que podría ser el gerente del establecimiento o la reencarnación de Charles Bukowski o de Richard Nixon, toma un casco de metalurgia y se lo pone sin más. El muchacho grita, se lleva las manos a la cabeza y arroja el casco lejos. Más tarde camina solo a la orilla del camino. Un automóvil pasa en sentido contrario. Luego aparece de nuevo. Frena cortándole el paso, la puerta se abre y parten juntos por una carretera al infinito. Un camión pasa muy cerca pitando.

Uno de esos casos o máscaras negras me recuerda una compilación de Heavy Metal de los años 80 (Black Sabbath, Whitesnake, Deep Purple…) que nunca supe de quién era, pero estaba en mi casa y compartía lugar con unos vinilos de Ray Conniff. De Conniff puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que era un avezado piloto porque siempre estaba a punto de brincar a bordo de una avioneta o lucía una chaqueta con cuello de oveja. En la carátula del otro vinilo aparecía un hombre fornido y descamisado con su guitarra eléctrica terciada y el famoso casco puesto. En la colección familiar también había un 74 Jailbreak de AC/DC. Reflexión final: Bon Scott es muy superior a Brian Johnson. Aunque cabe reconocer que «Are You Ready» sólo la hubiera podido cantar Johnson.

Para conseguir la libertad condicional es requisito integrarse laboralmente. Roman, así se llama el muchacho, lo sabe. Pero parece no importarle. No muestra cambio alguno en su actitud taciturna. Hace unas cuantas piscinas cada tarde, fuma y recorta fotos de los diarios que debe consultar si quiere encontrar trabajo; en la última que ha captado su atención puede verse una locomotora roja flanqueada, de un lado por el mar azul o un lago alpino, del otro por el bosque verde. De pronto Roman quiere trabajar. Su tutor examina incrédulo la oferta señalada con esfero y le dice que si acaso se trata de un chiste. O mejor, le dice que no se haga el marica. Al día siguiente, Roman abandona la prisión de menores muy temprano.

Roman Kogler obtiene un puesto la morgue de Viena. El empleo consiste en recoger y entregar muertos. Algunas veces hasta tendrá que bañarlos con un guante húmedo. O vestirlos cuando se trata de ancianos derrumbados sobre cualquier alfombra. Pero por lo pronto tan sólo observa para hacerse una idea. La vista de los muertos envueltos en bolsas translucidas o rajados en el pecho, le causa cierta impresión. Además pesan una tonelada. El conductor del camión, o «la paletera» como le llaman coloquialmente en Colombia, le dice que no es su primer muerto. Roman lo mira desencajado. Así pues que Roman es un asesino. El tipo sonríe con autosuficiencia y recuerda que le deben una cerveza. Esos son sus colegas. Más tarde exhiben la faceta humana y filosófica de los empleados de bajo rango. Y sobre todo, de los empleados que están en contacto directo con la muerte.

Por cierto, «las paleteras» de Viena son modernas, funcionales y discretas; permiten llevar abordo cuatro empleados instalados en total comodidad, más los otros pasajeros y camillas y ataúdes de alquiler. De ninguna manera se trata de un furgoncito Chevrolet Luv adaptado, precisamente, en un taller de metalmecánica para abaratar costos. Este podría ser el símbolo de la chichigua nacional. Aunque no crean. Alguna vez tuve que transportar órganos pequeños, tarritos coprológicos y frotis vaginales en el metro de París, en la época del laboratorio del doctor Romeo, cerca de los Campos Elíseos, pero un muerto es un muerto.

Los cadáveres se suceden. Una mujer llamada Christina Kogler no ha sido reclamada. Tiene el pecho remendado y el pubis rasurado de muñeca Barbie. En este punto debo decir que una pareja abandonó la sala. Roman vuelve a la prisión confundido. En la piscina sufre un ataque de ansiedad. Al salir del agua, los demás jóvenes se lanzan alegremente por alguna creencia o superstición extraña. En el vestuario se echa a llorar mientras el instructor le dice que inhale profundo y exhale muy fuerte. En la noche pide hacer una llamada. Su tutor le dice que no sabe si su madre está muerta. Además de asesino Roman es huérfano.

La señora Margit Kogler aún vive. Roman la ha ubicado con ayuda de una amable operadora. Llama, oye la voz de su madre y cuelga. Como también ha obtenido la dirección, decide hacerle una visita sorpresa. Roman la sigue en el metro, en el bus, por las calles. Al entrar en un centro comercial la pierde de vista. Luego la descubre durmiendo en la sección de colchones. La mujer abre los ojos y le pregunta al desconocido que la observa inmóvil si acaso desea ensayarlo, pero Roman niega. Apenada parte en el acto. Roman le dice: ¿Señora Kogler? y ésta se lo queda mirando fijamente. Mientras ella devora una torta de fresas, Roman le explica que se gana la vida como instructor de natación. Por fortuna viaja alrededor del mundo. De hecho tiene un viaje a Nueva Zelanda la próxima semana.

Lo que sucede a continuación es revelador. O insólito. Basta recordar que se trata de una película. De ocurrir en tiempo real habría que esperar meses antes de capturar un movimiento que valga la pena. Roman ayuda a su madre a llevar el colchón hasta su departamento. En esas aparece el tutor con su pequeña hija; parece que ha comprado un armario. Durante el trayecto habla de la audiencia con el juez, de la buena impresión que causaría si utilizara una camisa. La señora Kogler no pronuncia una sola palabra. El colchón va en el techo del auto.

Su hogar es minúsculo, de paredes blancas y podría decirse que miserable. Es una mujer pequeña, regordeta y sin familia. Parada junto a la puerta corta de tajo las buenas intenciones de su hijo. Roman le pregunta por qué lo abandonó. La señora Kogler responde que fue lo mejor que pudo haber hecho en su vida. Roman entra en la habitación, arranca las sábanas, levanta el colchón y lo arrastra por el pasillo. De regreso a la celda, Roman intenta quitarse la camiseta, ésta se enreda y parece volverse loco.

En la morgue Roman recibe una llamada. Es costumbre germana (y seguramente japonesa) responder dando el apellido. Roman dice: «Aquí Kogler.» «Aquí también Kogler», oye del otro lado. En la noche, la mujer lo espera frente al edificio. «Nueva Zelanda», le dice. Sentados en una banqueta de la estación del tren, Roman debe tomar uno cada día para volver a la cárcel, la señora Kogler confiesa que en alguna oportunidad quiso ahogarlo con una almohada. Lloraba tanto. Como puede lo revive dándole respiración boca a boca. A la mañana siguiente lo entrega en los servicios sociales.

Durante la audiencia con el juez, un Roman Kogler más joven de lo que es, aparece en un video reconstituyendo la pelea que provocó la muerte de un camarada de apenas catorce años. Roman luce la camisa y corbata del trabajo. En el suelo, al lado del camarote, Roman y Martin forcejean. Roman tiene los ojos cubiertos, Martin lo domina por la espalda y está próximo a asfixiarlo. Roman desata una de sus botas y lo golpea hasta liberarse; enseguida observa a Martin acurrucado mientras se toma la cabeza a dos manos y Roman lo golpea de nuevo y otra vez con furia y ante la insistencia del funcionario responde que no sabe cuántas veces lo hizo. En algo tiene razón Roman: él no lo mató, Martin murió en el hospital.

En total fueron cuatro las personas que abandonaron la sala antes del final. Puedo suponer los motivos de su huida en la penumbra; la pareja se equivocó de cinta; el señor de atrás no pudo soportar su destino. Falta uno. Lo sé porque oí la puerta cerrarse. Para Vladimir Jankélévitch, filosofo y musicólogo, autor de una obra esencial para abordar la muerte no como un viaje al más allá ni un acontecimiento triste y desconsolador, así lo sea porque la cabeza fría no excluye el dolor, el servicio de pompas fúnebres es tan necesario e importante como la recolección de basuras o el alumbrado público. Y ya vemos en qué estado se encuentra en Colombia la prestación de dichos servicios. A partir de la opresión, el pánico y la oscuridad se construye la intriga de este nuevo respiro. Bonita historia.

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