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El Final del Viaje

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Desgarro muscular

El Final del Viaje

El final del viaje se produjo ayer mismo, cuando recibí la última caja de libros enviada desde Francia. Había en su interior dos libros de Fernando Vallejo, uno de Frédéric Beigbeder, Alfonso Reyes también, George Bataille, Rodrigo Rey Rosa, Séneca, Sherwood Anderson… En este momento escribo en el comedor de mi casa en Bogotá. En frente hay una ventana iluminada, de una vida ajena, lo demás es oscuridad y ruidos de motos.

No sé muy bien qué quiero decir. A lo mejor, tan sólo que he vuelto. De tener Facebook pondría un anuncio y haría una gran fiesta para cinco invitados y el tiempo nunca habría pasado entre nosotros. Pero no me quiero poner nostálgico. Que no lo estoy. De mi viaje de casi ocho años extraño la Biblia que tuve que dejar en casa de un amigo. Si, por curiosidad, y lo creo capaz, él abriera ese maletín hallaría mi Biblia y varias revistas de guerra.

Dalí, además de pintor, era muy buen escritor. Su Diario de un genio es prueba de ello. Para Ernestico Sábato no era más que un payaso. En un aparte del diario Dalí cuenta que una empleada suya dice que el señor, hoy hace un año, todavía no había llegado. O algo parecido. Dalí, a su vez, dice a Gala que todavía no ha llegado, que no llegará sino hasta mañana.

Esa última caja de libros, que debe contener una buena dosis de superstición e imitación, la envié para que llegara después. En primer lugar porque deseaba saber cuánto tiempo tardaba un barco atravesando el Atlántico, con nubarrones color púrpura y marineros fregando la cubierta. Imaginé esa caja revestida de sellos exóticos, luego bajando por una rampa en el puerto de Barranquilla.

No obstante tardó apenas diez días. Lo cual me hace pensar que vino en avión. A lo mejor en el mismo que me trajo de vuelta. Y si la memoria no me falla, se trataba del mismo aparato que me había sacado fuera hace años. Los días transcurridos entre el arribo y su entrega son un misterio.

El final del viaje acabó de la peor manera. Y trago saliva para decirlo. Acción contraproducente porque me dispongo a escupir una gran verdad: todo acabó en una estación de policía.

Al momento de presentar mi pasaporte en inmigración no pude justificar que mi visa estuviera vencida. Es decir, vamos a decirlo de una buena vez, estaba indocumentado. La causa es sencilla de explicar: quería corregir, terminar de escribir mis libros. Ojalá sin ser descubierto. Pero esto poco o nada interesaba al policía que se encontraba tras la ventanilla.

Al igual que poco o nada interesó en aquellas oficinas donde acudía atragantado y nervioso pero con la ilusión intacta, donde hacía cola con un fólder debajo del brazo, desde temprano, miraba esas caras ovaladas y curtidas de una familia de esquimales aguardando un examen médico, oía idiomas ancestrales en boca de negros de largos camisones floridos. Al ver uno de esos preciados papeles rosados en la mano de alguien todos ganábamos.

Los discursos de los defensores de los extranjeros en Francia son obras maestras de humanismo y cristiandad, emocionan y hacen estallar en lágrimas a los pinches de cocina, en sus cocinas, en sus habitaciones diminutas, pero la inmigración real son filas y contratos de trabajo o promesas de trabajo y extractos bancarios y exámenes médicos y una alta cuota de humillación. Me lo dijo alguien días antes de irme. Me dijo lo que ya sabía.

Alrededor de 30.000 personas son expulsadas de Francia cada año. O reconducidas a la frontera en lenguaje político, que es muy parecido al televisivo. Esa es la fatídica cifra que el ministerio del ramo le exige a la policía. Y la policía cumple. En la actualidad ayudar a una persona sin papeles es un crimen. Su nombre, la calificación del mismo, «delito de solidaridad», no da pie a contrasentidos. Por prudencia no agradeceré a nadie con nombre propio. De la misma forma en que expulsa, Francia incorpora o regulariza la situación de 30.000 ilegales.

Yo mismo me sometí a la mecánica del desgaste y a la ley del más fuerte, del más paciente, del más hábil, nadie me obligó y muchas veces bajaba la mirada cuando, el taquillero o funcionario, decía que faltaba un documento, un sello, entregaba el manojo de papeles y con un grito llamaba al siguiente. Sin mirar nunca al interesado. Los que han hecho esas filas (Pedro, Juan, María, Clara, Miguel, Fulano y Sutano) lo saben de sobra.

Parece que no he tomado atajos, voy golpeando en cada puerta y pateando recuerdos. Creo que estaba en el aeropuerto.

El policía tomó el teléfono y pidió refuerzos. Entretanto esperé a un costado de la puerta de vidrio, siempre mirando al frente. Atrás, los demás pasajeros se impacientaban con sus niños de brazos. Confieso que miraba, trataba de mirar sus pasaportes. Incluso los colombianos tenían pasaportes europeos. No fue en ese momento cuando tuve ganas de llorar.

Me puse las manos en los ojos al descubrir que mi compañero de viaje era un monseñor que bebía champán. Monseñor olía tan mal pero tan mal, exhalaba podredumbre y ungüentos, que por fin encontré una justa razón a mi aversión por los curas. Además blandía un pasaporte azul, de los diplomáticos. Pero me adelanto. Y no quiero.

¿Por qué estaba indocumentado o sin papeles o de ilegal si ustedes lo prefieren? Por mi pereza e insolencia. Dos rasgos o maldiciones de familia. Una mañana de octubre no quise volver a la universidad. Y eso que vivía a escasos cinco minutos de la facultad. Pero no hay peor sacrificio que estudiar literatura cuando se tienen pretensiones literarias. Eso era, autosuficiencia desmedida. Luego entendí que lo importante, lo que verdaderamente me importaba, era la escritura. Transcurrió bastante tiempo antes de saberlo.

El descubrimiento fue significativo; supe que literatura y escritura son dos cosas bien distintas. Debería explicarme. Trataré de hacerlo. Y en pocas palabras porque ya han pasado varios días desde que empecé esto.

Yo no sé a cuál tradición literaria pertenezco, confundo las fechas de publicación y muchas veces los títulos y autores, pero reconozco el efecto paliativo cada vez que me pongo frente a la computadora o tomo apuntes o transcribo párrafos enteros del libro que esté leyendo y creo en el acto de escribir, casi con fe. En este sentido sí soy un creyente. Y Raúl Gómez Jattin, Onetti, Céline, Rimbaud, Montaigne, Reinaldo Arenas, Roberto Bolaño… son unos nuevos dioses para mí. Reinaldo, al borde de la muerte, le pidió tres años más de vida al retrato de Virgilio Piñera. Y Virgilio cumplió.

Decía que tenía pretensiones, incluso internacionales. Para ello había solicitado una visa especial, una visa dorada, la cual me permitiría trabajar en completa calma. Escribiría a mis anchas, escribiría una trilogía romanesca que explorara la adopción de infantes colombianos. Era un tema que me interesaba porque siempre he tenido sospechas acerca de mi origen y muy seguramente me daría réditos comerciales y un aura de escritor comprometido.

Alguna vez, en un parque durante el verano, el primero de todos, una jovencita andrajosa dijo que también hablaba español. O quizá dijo que era colombiana de nacimiento. Parecía dudar, y no había nada más lógico en ese momento por la cantidad de recuerdos sin sustento ni ubicación. Debían ser de ese tipo de recuerdos lejanos que parecen sueños. Por ser de esta parte del planeta, diría que se trataba más bien de pesadillas.

No puedo afirmar qué cara puso al decirle que éramos paisanos, estudiantes en su mayoría, jóvenes prometedores, hombres y mujeres de varias regiones del país, unidos en el exilio, unidos a pesar de nuestras diferencias, tan unidos que ya no me acuerdo de nadie, pero sonrió. Mucho más avergonzada que alegre. Hacía meses había escapado de su casa. El motivo: detestaba a su hermana. Le decía negra, le decía sucia. Así surgen los libros, así vienen.

Ahora sí debo adelantarme unos años, casi al final.

Nunca tuve respuesta formal de la prefectura de policía. Pero siempre tuve la misma respuesta de Madame Saki: «mire señor Cholozano, usted no cuenta con los pergaminos requeridos por esta dependencia, no ha publicado nada ni ha sido traducido al mandarín, me trae apenas una carta de recomendación de una señora que vive en el culo de Argentina, para rematar tampoco tiene barba; mejor siga estudiando». Recuerdo haberle dicho que mi única preocupación era el tiempo, que necesitaba tiempo para escribir. Y decía la verdad.

Al salir del edificio, desconsolado lo confieso, me comí una manzana mirando una mujer dirigir el tránsito. Llevaba puestos unos guantes blancos y parecía dialogar con automovilistas y transeúntes.

El primer día dormí hasta bien entrada la tarde. Al día siguiente me puse a corregir una novela. La terminé con mucho esfuerzo, con muchas dudas, y la mandé a un premio al filo de la fecha. Esperé sentado. O mirando por la ventana de mi habitación. Meses después me enteré de que había recibido una mención especial. Lo cual no me servía porque necesitaba el dinero con urgencia.

Desde que recuerde siempre he necesitado dinero, ya sea para enviarlo, ya sea para comprar libros. Y en París me acostumbré a tenerlo por oficios distintos a la escritura. Aunque muchas veces estaban emparentados. Por ejemplo, la temporada de gracia digitando miles de facturas en un banco. En la cantina me pasaba por la mente la idea de abandonar, de organizarme. Tenía la sensación de ser, por primera vez, útil. Renuncié para irme de viaje.

Nunca he recibido un sueldo por concepto de un reportaje, un flaco adelanto de alguna editorial. Y cuando he propuesto mis artículos, entrevistas o reseñas de cine, a revistas culturales, separatas y suplementos dominicales, me pregunto si en verdad he propuesto algo puesto que nadie responde al otro lado. O responden por compasión y luego se arrepienten O responden por educación. O responden porque alguna vez hicieron lo mismo. Estos son los peores. Subieron peldaño a peldaño y no van a dejar que un aparecido les tome ventaja. Un señor español, para la anécdota, me respondió un año después.

En Radio Francia Internacional me reconocieron 100€ por mi período de práctica. Hecho inédito, excepcional para una empresa en crisis. Pero es que pasaba tanto tiempo en la redacción que pensarían que no tenía casa. Y casi. Por otro lado, y gracias a mi jefe, Enrique Atonal, quien declinó la oferta en mi favor, lo cual agradezco, también su bondad, obtuve otros 50€ doblando a un comandante guerrillero para un documental. No era un guerrillero, tal vez era un campesino, pero necesitaban alguien con acento marcado.

Lo cierto es que he ido colaborando aquí y allá. No de manera regular sino inconstante. A veces en francés, otras en español. He escrito sobre cárceles sin libros o dramaturgos en desgracia. Y tal vez lo haya hecho siguiendo un consejo de Baudelaire, quien decía que había que sembrar pruebas de la propia existencia. Luego alguien se encargaría de exhumarlas.

Recompensa no ha habido. Pero tuve otros sueldos. Gracias al hotel donde trabajé como recepcionista nocturno pude sostenerme sin levantar sospechas. Hasta ellos desconocían mi situación; en realidad fingía que preparaba mi tesis. Siento decirlo pero engañé a mucha gente. Incluso estuve en la boca del lobo, en la policía quiero decir, recogiendo una llave que un cliente olvidó entregarme al salir y supuso que no había lugar más seguro.

Y yo sigo de pie en el aeropuerto.

Entregué mi pasaporte, vacié mis bolsillos, sorteé con fortuna la requisa de rigor, atravesé corredores subterráneos, crucé puertas y zonas prohibidas para pasajeros, siempre detrás del policía. De manera inocente le dije que si estaba detenido quería hacer una llamada a la embajada colombiana. El policía me dijo que no estaba detenido. Y agregó que tampoco iba a perder mi vuelo. No lo hice. Pero casi. Embarqué sobre la hora.

Debería hacer una descripción del lugar, de los agentes presentes, de su humor pesado. No lo haré porque esto no es una novela. Apenas diré que estaba oscuro. Permanecí inmóvil en la banca. Nadie me preguntó nada. Durante ese lapso expulsaron a un joven brasilero. Y por poco expulsan a un indio que había perdido su pasaporte mientras bebía una cerveza. La policía albergaba serias sospechas acerca de su coartada. Por fortuna alguien lo encontró tirado en cualquier parte y pudo reunirse con su hija enferma en Canadá.

«Venga», me dijo una sombra. El brigadier Mazzolo me preguntó el nombre de mis padres. Dije que mi madre se llamaba así. Podría escribirlo señor Cholozano. Tomé un lápiz y lo escribí mal, con otra ortografía. A la pregunta: ¿cómo hizo para sostenerse económicamente?, guardé silencio. Luego dije que tenía ahorros. Eso fue todo. Más tarde firmé una forma, de varias páginas, donde se invocaban convenciones europeas, derechos humanos y en virtud de no sé qué artículos, que asimilo a mi expulsión del territorio francés.

Al comienzo dudé. Dije que, antes que nada, iba a leerlo. Hice como si lo leyera para dar un impresión de inteligencia, pero mi cabeza estaba en otro lado. Y esas miradas, esa espera, ni que les fuera a entregar mi alma. Había cometido un grave error, un error que me saldría caro. Por lo menos no tuve que pagar una multa. Aunque sospecho que la tendré que pagar algún día. Y lo que es mucho peor, nunca volveré.

De hecho, esa era la pregunta que me hacía camino al aeropuerto. ¿Acaso volveré algún día?, ¿podré mirar el edificio, la habitación donde vivía?, ¿podré comprar los muchos libros que me faltaron? Yo quisiera creer que sí, pero estoy convencido de que nunca dejaré de sentir vergüenza.

Partí el 28 de junio de 2012. En la puerta misma del avión había cuatro policías. Creí que habían olvidado la multa. Pero en la estación ya habían hecho venir, de manera muy discreta, a los perros antidrogas. De habérmelo pedido hubiera abierto mi maleta. A lo mejor hubiesen descubierto que estaba grabando la escena desde el comienzo, manías de periodista en busca de la noticia, con las terribles consecuencias que una brutal paliza me acarrearía.

Y entonces me fui. Lloré, sí, lloré sin evadir la mirada de monseñor.

Pensaba en la última cena con mis amigos y en los regalos y en los abrazos y también en los meses de arriendo que debía y en lo mal que hice al irme sin avisar. De hecho avisé, pero por carta para ganar un poco de tiempo. Esa carta existe y lleva mi firma y es poco dramática y dice que me comprometo a saldar mi deuda en un futuro. Espero cumplir.

Luego dormí un rato. Al despertar monseñor me prestó su bolígrafo para llenar un formulario de la DIAN. Pedí un whisky con el almuerzo, más tarde un vino. Monseñor seguía con la champaña. De sobremesa leí la parte de los crímenes de 2666, la novela póstuma de Bolaño, y puedo decir que estaba más tranquilo al cerrar el libro. Monseñor y yo vimos una nube púrpura, muy alta, parecía emergiendo de un volcán y tuve ganas de echarme en sus brazos.

El sello francés dice que partí el 29 de junio de 2012. El sello de inmigración en Bogotá dice que arribé el 28 de junio de 2012. Yo no sé qué pensar. En todo caso no es una broma. Como en el poema de Borges creo que siempre había estado ahí, en Francia, incluso antes de entrar, y al irme del castillo, nunca dejaré de estar, nunca sabré que me he quedado para siempre.

Aprovecho la oportunidad para excusarme por mis mentiras. O medias verdades. No estaba haciendo nada malo. Aparte de infringir la ley dormía mis horas, leía mis libros, cuando podía escribía. Iba al cine día de por medio. Trabajaba en el hotel dos veces por semana. Pero me estaba infectando el aburrimiento y la desgana. Quisiera que no me juzgaran, pero no me atrevo a pedirlo. Sin embargo, exijo que no me compadezcan. Yo mismo tomé la decisión. Es mi responsabilidad. Y ahí están mis putas novelas; buenas o malas, son mías. También escribí cuentos, poemas sin gracia. Y un largo etcétera de géneros.

En el aeropuerto de Bogotá conocí una mujer esplendida. Es librera. Nos confundimos de maleta. Andamos en taxis desbocados por la ciudad, hablamos en francés y español mientras fumaba en una esquina un pitillito de marca foránea, de noche, prendos, supongo que enamorados, la hice beber un trago de Colombiana que por poco escupe y ella ni siquiera se imagina. Pero ya no hay nada que disimular.

Comentarios: (2)add comment

Perro del infierno :

...
Muy interesante y lleno de imagenes su relato. Quiero saber qué pasó con los textos que quería escribir?.... la eterna búsqueda del artista está llena de estas cosas....
También me pregunto, Terminó los estudios? por que decide volver?
 
julio 25, 2012
Votos: +0

Andrés :

...
Me siento muy contento de saber que alguien llegó al final. Creo que hice todo lo que podía hacer: diplomas, novelas y amores. Pero el aburrimiento es asesino. Ahora en Bogotá, caminando.

 
julio 26, 2012
Votos: +0

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