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Doble vida

Artículo de la sección:

Desgarro muscular

Imagen de una hincha de fútbol durante una refriega

No era apenas un técnico o reparador de máquinas de escribir, en realidad se trataba de un raro espécimen de hooligan inofensivo y de muy buenos modales cuando no lo poseía su verdadera personalidad.

Mi abuela Hilda Sofía se ganó la vida, o gran parte de ella, escribiendo a máquina. Durante años la vi transcribir cientos de tesis de universidad conforme a las normas Icontec y diligenciar innumerables declaraciones de renta fraudulentas para sus clientes especiales. Escribía a dos manos como la buena mecanógrafa que era, sin mirar el teclado y hacer caso del golpeteo de una esfera forrada de caracteres y letras e incluso escribía con una sola mano mientras tomaba un sorbo de café. La taza siempre quedaba teñida de labial rojo. Todo sucedió así, de manera normal y tranquila, aparentemente tranquila, hasta la incursión masiva de los ordenadores y el agravamiento de la artritis en sus manos.

Imagen de un partido de fútbol entre Millonarios y Santa Fe

El técnico en cuestión hacía acto de presencia en nuestra casa semana tras semana. Alguna bobina rota, un café derramado por accidente. El tipo llegaba a media mañana, preguntaba por su máquina IBM preferida como si se tratara de una novia enferma, extendía su maletín de mago sobre el escritorio, levantaba la carcasa y luego se sentaba a escarbar el aparato averiado. Nunca supe como se llamaba el sujeto. Pero era un hombre joven, no debía superar los 35 años, moreno claro y me parecía más brasileño que colombiano, usaba un traje azul bastante cascado y debajo de su chaqueta llevaba puesto un chaleco de rombos color verde oliva. Siempre olía a cigarrillo, pero tan sólo lo vi fumar una vez.

Y no fue casual que lo viera fumando en el estadio El Campín de Bogotá. Aquella noche mi tío Alfonso Solórzano, fiel hincha de Millonarios, me había pedido prestado por unas cuantas horas. Yo debía tener unos 13 años. Alfonso pedía las cosas prestadas: el perro para pasearlo, la grabadora para limpiarla, algo de dinero para la gaseosa. Espero que no lo tome a mal. Prosigamos con la historia. Nos encontramos con Fernando Mendoza, acólito de mi tío, en la papelería de su familia ubicada en la calle 53, entre las avenidas Rojas y Boyacá. De ahí nos movilizamos en una buseta infecta de santafereños hasta el estadio de la 57. Sin saberlo me encontraba a escasos minutos de presenciar mi primer clásico de fútbol capitalino, un Millonarios - Santa Fe de comienzos de los noventa. Tiempos menos violentos y mortales para el balompié colombiano. Era miércoles y hacía un frío bestial. Recuerdo que Mendoza, al reparar mi vestimenta, dijo que siempre venían bien un par de botas de vaquero en caso de agresión cardenal. Esa misma tarde había perdido una pelea en el colegio, faltó poco para que me quebraran el tabique.

Hinchas de Millonarios en el estadio El Campín

Ingresamos al estadio al filo de la hora, alcanzamos la tribuna oriental y luego nos incrustamos en el costado derecho, el costado azul. En seguida, Alfonso me pidió dinero prestado para comprar media botella de aguardiente. Sin duda eran otras épocas, menos violentas y mortales. Se podía compartir una buseta con el adversario, comprar licor por debajo de la mesa para aplacar el frío bogotano, incluso se toreaba al contrario sin necesidad de masacrarlo al final del encuentro. El fútbol era rivalidad, nunca un juego a muerte, ni de muerte. Como las pelas del colegio. La hinchada de ambas escuadras lucía aburrida, los jugadores no se querían lastimar en patio propio y el partido era apenas un partidito de trámite. Y de repente sobrevino el gol de Millonarios. Los papelitos caían sobre nuestras cabezas.

Al levantar la mirada para observar el espectáculo descubrí una mueca de sorpresa en la cara de mi tío. Alfonso señalaba con la boca hacia la tribuna numerada, la de techo. De una baranda colgaba el técnico de confianza de mi abuela. Vestido de azul claro de pies a cabeza, el hombre agitaba una inmensa bandera de Millonarios. La agitaba como se agita un árbol de durazno para que caigan los frutos maduros y nos gritaba a los de la popular: “salten cabrones, salten o los meo hijueputas, salten que me muero”. De su boca emanaba un espeso vaho hirviente como el de un caballo castigado por el diminuto jockey. Unos minutos después, el sujeto encendió un cigarrillo, aspiró a fondo, acomodó el cigarro en el ángulo derecho de su boca y yo lo contemplé, desde abajo, mientras intercambiaba algunas frases con sus colegas de barra sin dejar caer el cigarrillo. Eran otros tiempos sin duda. Hasta mi tío Alfonso y Mendoza se dejaron de hablar.

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