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100 Películas: 6. Brazil

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El Bartoleo

Brazil de Terry Guilliam (1985)

En un régimen donde está prohibido pensar, amar, el color y la alegría, Sam Lowry sueña con que es un hombre alado, un Ícaro entallado en un traje de acero que con su espada puede salvar a la amada rubia prisionera de un malvado samurái. La monótona vida de Lowry dará un giro sustancial al comprobar que la rubia de sus sueños existe de verdad y así al principio no le dé un beso sino que lo reciba a patadas luchará para tenerla en sus brazos.

La anterior puede ser una de muchas lecturas que puede tener Brazil, una de las películas más kafkianas que se conozca. El poder absoluto del estado que todo lo controla, la burocracia que se pierde infinita como una biblioteca de Babel, los funcionarios obtusos, imbéciles que solo están allí por sus intrincadas conexiones son la metáfora que establece Terry Guilliam no solo para adaptar 1984 sino para mostrarnos un reflejo de lo que se ha convertido la vida a final del siglo. Ni siquiera el intento de Orson Welles de adaptar el Proceso nos llevó tan cerca de las praderas donde pasta el escritor checo. Todo es gris, opresivo, desmoralizante, frío, asesino.

Los errores pueden conducir a que mates por equivocación a un hombre pero “Errar es humano” sin embargo en este país desconocido, escondido en los vericuetos del siglo XX solo le está permitido errar al estado. No existe una memoria colectiva en esta Inglaterra de pesadilla, solo la televisión y los hermanos Marx, solo un Western o Casablanca puede salvar de la monotonía a estos seres que se precipitan, atados con una misma soga, al pozo sin fondo que puede conllevar la ignorancia.

Muchos se preguntan porque este mundo frío y gris tiene que llamarse Brazil, un nombre que puede evocar tanta alegría, tanto colorido. Terry Guilliam no ha sabido responder nunca a este interrogante. Integrante de los Monty Phyton, el grupo creativo que revolucionó la comedia en el Reino Unido a principios de la década del setenta, Guilliam es un pequeño mosquito que lleva represado en su afilado aguijón las gotas necesarias para socavar los viejos valores victorianos que no se resignan a morir en la añora Albión. Tal vez titular Brazil a una película donde los personajes viven encerrados en un mundo donde es delito amar, soñar, gozar confirma el grado de cinismo y de ponzoña que puede guardar este director.

En esta película todo es artesanal, a pesar de haber cumplido 26 años Brazil sigue manteniéndose encantadoramente fresca y provocadora. La distopía de Guilliam se ha hecho realidad. En cada uno de los televisores de esas miserables casas está un televisor prendido pero los habitantes del reino unido no solo ven por el sino que son vistos por el ojo avizor, el ojo condenatorio y justiciero del Gran Hermano. No es el futuro lo que presenciamos sino una realidad paralela. De pronto tampoco es una realidad paralela sino que es nuestra propia realidad vista de frente, sin gafas sin toda esa droga que nos dan para adormecernos y hacer con nosotros lo que el estado quiera.

Brazil es la obra de un anarquista, de una mente libre y brillante. No sabemos y tampoco nos interesa pensar porque todo lo que prometía Terry Guilliam no se pudo confirmar ya que a mi juicio ninguna de las siguientes películas del Phyton llegaron a estar cerca de la maestría de esta mordaz oda a la ponzoña, al humor más negro. Ni siquiera su maravillosa adaptación del Baron de Munchausen puede compararse con este filme. En realidad nada se puede comparar con Brazil, una película sumergida en la atmósfera barroca y pesada de una dictadura.

Un filme que prefigura la frivolidad en la que están sumergidas cientos de miles de mujeres avocadas a someterse a la tortura quirúrgica con tal de intentar ganarle la batalla al tiempo. Pero es una contienda bastante desigual a no ser que tengas la suerte de contar con la suerte que tiene la señora Lowry de dar con el mejor cirujano plástico del país. A medida que transcurre la película asistimos al surgimiento de otra Benjamin Button, el tiempo no hace más que acentuar la belleza y juventud eterna de la mamá de Sam.

Las computadoras en Brazil guardan los secretos de cada uno de los habitantes del estado. La computadora es la simbiosis perfecta entre una vieja máquina de escribir y un moderno ordenador.

No existen pantallas en este mundo, solo lupas que te ayudan a observar. La paz del estado reside en los ojos que están en la calle, ojos que todo lo ven que todo lo informa. Ya no existe la necesidad de inventarse un nombre para adorarlo, el dictador es el mismo estado. El estado ya no necesita quien lo represente. Esta situación es la que nos hace pensar en Kafka más que en Orwell. A Josef K no lo persigue nadie sino la misma justicia, el estado que se encarga de triturar individuales, espíritus libres. El escritor checo escribió sus novelas justo cuando el mundo se masacraba en las absurdas y sangrientas batallas que tuvieron lugar en Europa durante la primera guerra mundial. El derecho y la justicia eran alcanzados por los bayenotazos de la infamia. Terry Guilliam filmó su película en los oscuros años en que manejó con puño de hierro Inglaterra la tristemente recordada señora Tatcher. Una época donde las libertades en Gran Bretaña fueron revisadas, donde todo lo que se había ganado en la postguerra se perdía por los caprichos de esta damita histérica y menopáusica. Era más sano por el estado sumergirse en el absurdo de la guerra de las Malvinas que permitir que una partida de manifestantes pusiera en duda el poder de la primera ministra.

Brazil fue en su momento un fracaso de taquilla y de crítica. Basta un repaso por la historia del cine para entender que la gente ni mucho menos los críticos suelen ser buenos para ejecutar juicios de valor. El tiempo es el mejor juez y él nos ha hecho entender que este filme es cine puro, una rara de mezcla de géneros que ha dado como resultado una película única, originalísima, rarísima que ni siquiera el mismo Terry Guilliam ha sido capaz de copiarla cuando ha querido. En un mundo donde la máquina del estado no cesa en su empeño de triturar cabezas Brazil está allí no para salvarnos ni para darnos esperanza sino para concientizarnos de que todos los sueños han muerto y que lo único que podemos hacer es rezar para que los feroces e implacables ojos del estado no se pose sobre nuestras miserables humanidades.

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