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Amour

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El Bartoleo

Amour Dir: Michael Haneke

Los fanáticos del cine de Haneke han demostrado su inconformidad después de ver Amour. Ellos creen que el director austriaco está comprometido en mostrar las sicopatías que suelen acompañar al ser humano y que dentro de su filmografía no puede haber un espacio para hablar de lo amargo que significa envejecer. Recuerdo hace más de una década cuando David Lynch se adentró con éxito en terrenos que no eran propios con Una historia sencilla, sus devotos rasgaron los afiches que estaban pegados en las paredes de sus casas.

Las múltiples nominaciones a los premios de este final de invierno aseguran que la película tenga  una distribución internacional amplia. Para algo deben servir este tipo de distinciones. Teniendo en cuenta el promedio de nuestra cartelera local Amour es una película difícil que no da tregua, completamente alejada de los cánones que impone la industria. En lo posible Haneke intenta alejarse de cualquier tipo de manipulación. Su intención es mostrarnos la cotidianidad de una pareja de ancianos en su amplio apartamento parisino. La vida de los dos cambia cuando súbitamente la mujer sufre un ataque que le paraliza la mitad de su cuerpo. La enfermedad es degenerativa y en pocas semanas la anciana estará agonizando en su cama, sin poder hablar o pensar.

El drama no sólo se enfoca en ella sino que se extiende a la angustia de su marido. Para un hombre de 83 años cuidar a un enfermo puede ser una labor agotadora, extenuante. No existe un acto donde se pueda demostrar de una mejor forma el amor que sufrir al lado del ser amado el calvario de una enfermedad terminal. Hay que recordar que son dos franceses y tienen otra forma de enfrentarse a la muerte. Tratan de ser fríos, racionales, pensar en que morir forma parte de la existencia. Aunque si se detienen un momento a contemplar la mirada del marido podrán ver la angustia, el dolor de ver reducido a un cuerpo informe e inmóvil a la mujer amada.

La desesperación lo llevará a cachetearla cuando ella ya no quiera comer, ni tomar agua, cuando pase las tardes quejándose de un dolor intenso que amenaza con devorarla. Se rehúsa a pensar en llevarla a un instituto o dejarla en manos ajenas. Ella pertenece al apartamento, al piano tantas veces tocado, a las fotos que congelaron para siempre su juventud y atestiguan lo maravillosa que puede ser la vida. Si tiene que morir que sea ahí y si puede ser posible que sean las manos del hombre las que la ayuden a cruzar el umbral.

Pocas veces en el robotizado cine de nuestros días podemos ver la maestría de un director a la hora de elegir dónde colocar la cámara. No existe un solo plano escogido al azar, todo contribuye a que seamos testigos del hundimiento final.

Amour con toda seguridad ganará el Óscar a la mejor película extranjera, con esto la academia expurgará sus culpas por haber preferido hace unos años premiar a la insoportable y lambiscona El secreto de tus ojos por encima de esa obra maestra indiscutible que fue La cinta blanca. Fue una sorpresa además ver a Haneke aspirando al premio de mejor director dentro de una industria que prácticamente ha masacrado a los autores. El director austriaco es uno de los últimos vestigios que tenemos de la época donde uno podía soñar aún con que el cine podría cambiar el mundo.

Amour está lejos de ser su mejor película, hay escenas que son innecesarias como esa donde una enfermera baña a Emmanuelle Riva o la metáfora de la paloma que yo francamente no entiendo. Pero lo más grave es que ocurre lo inevitable, Haneke en algunos momentos pierde el control y nos muestra demasiado hasta el punto de pensar que el austriaco nos está manipulando. La que iba a ser una de las grandes reflexiones sobre el poder que tiene el amor termina a veces convertida en una película de viejitos común y corriente. Además francamente no entiendo el poco cuidado que se le prestó al personaje de la hija. Isabelle Huppert deambula en Amour como si fuera un fantasma, no tiene peso, es ingrávida, parece colocada allí como si fuera un guiño de Haneke a su propia obra.

Lo mejor de la película son las actuaciones del gran Jean Louis Trintignant y sobre todo la de Emmanuelle Riva. Son ellos los que soportan el peso de la narración. Me sorprendió además la exigencia física que tienen sus personajes, demasiado para dos ancianos de 83 y 85 años respectivamente.

Al ser la obra de un maestro Amour tiene que ser vista por todos aquellos que consideran que el cine es mucho más que efectos especiales. Esperábamos más, por supuesto, pero aún así es lo mejor que podemos apreciar dentro de la paupérrima cartelera local.

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