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Lolita: Los irresistibles pasteles de fresa

Artículo de la sección:

El Bartoleo

Lolita (1982) Dir: Stanley Kubrick

El escritor refinado que viaja a una ciudad de provincia por motivos de trabajo siempre se burla ante el arribismo que encuentra en la sociedad local. Humbert Humbert está visitando casas buscando un buen lugar para pasar sus seis meses. La casa de la viuda Haze está muy bien… si no fuera por su rolliza anfitriona. Su lengua irrefrenable marea al silencioso escritor, sus ínfulas de ser una mujer culta y de conocer muy bien “Lenguas romances” como el francés hacen que descarten de plano cualquier posibilidad de ocupar la habitación disponible. Ni siquiera el hecho de que la buena señora Haze recalque que ella cocina “Los mejores pasteles de fresa de la ciudad” hace que Humbert piense por un momento en aceptar la oferta.

Por pura formalidad le pide el teléfono para llamarla en otra ocasión. La viuda, acostumbrada últimamente al rechazo sistemático de cuanto hombre se le cruza en su camino le pide tan sólo que la acompañe a ver el jardín. “Nadie puede resistir su belleza” de mala gana el escritor la acompaña y allí ve entre los cerezos en flor, a una jovencita de doce años de perturbadora belleza tomando en bikini el sol. Viéndolo bien la casa no está nada mal. El huraño novelista le pregunta a la casera cuando podría pasarse, ella responde con el corazón en el pecho e imaginando que por fin después de siete años sin marido una mosca ha caído en la telaraña, que se puede pasar ahora mismo si quiere. El hombre acepta complacido. Cuando ella le pregunta cuál ha sido el motivo por el cual él cambió de opinión, Humbert Humbert responde mirando de soslayo a Lolita “Han sido los pasteles de fresa”.

De esta manera, jugando al borde de la censura, justo antes de la revolución sexual, el joven director Stanley Kubrick pudo adaptar la polémica novela Lolita de Vladimir Nabokov. Cerca de año y medio duró el proceso de preproducción, primero convenciendo a los productores de la MCA que la película no trataría un tema escandaloso sino que tan solo lo bordearía, después argumentándole a una estrella de peso que el hecho de que fuera a encarnar al escritor pedófilo no constituiría el final de su carrera sino que al contrario, sería todo un reto. Estuvieron a punto de hacer firmar a Lawrence Olivier pero el actor inglés declinó en último momento. Cuando empezaban a mirar actores de menor calibre apareció James Manson, quien en un primer momento había rechazado la propuesta pero que acosado por graves problemas económico decidió jugársela y aceptar encarnar el papel de un sicópata solapado, frío y pedófilo. Una de las grandes virtudes de Manson es que a pesar de que Humbert Humbert es un ser despreciable logras sentir algo de simpatía gracias al talento de este gran intérprete. Otro reto fue el de conseguir a Lolita. Se cuenta que Kubrick le hizo casting a más de ochocientas jovencitas hasta que apareció Sue Lyon, una preciosa actriz de catorce años cuya cara y simpatía recordaban peligrosamente a los pasteles de fresa. Le envío la foto a Nabokov y este no tardó en responder en que efectivamente esta era la Lolita indicada.

Esta no es solo una película sobre un cincuentón enamorado de una niña de 12 años sino sobre la obsesión que pueden tener los seres humanos con respecto a un ideal y la desgracia que conlleva tratar de transformar esa fantasía en una realidad. La viuda Haze (Otra vez Shelley Winters haciendo de una mujer burlada y maltratada por su esposo como la viéramos vilipendiada y humillada por Robert Mitchum en La noche del cazador ) se enamora perdidamente no de Humbert Humbert sino de esa idea de no volver a dormir jamás otra noche sola en su cama. Cuando logra acceder a ese sueño se da cuenta de que la realidad no es tal y como ella esperaba. El escritor prefiere estar horas en el baño que compartir el lecho con su rolliza esposa. Cuando Humbert Humbert logra su botín y se queda viviendo con la muchachita se da cuenta de que la excesiva diferencia de edad no es otra cosa que un abismo que los separa inexorablemente. El dolor que alguna vez sintió la viuda Haze, esa rabia que puede conducir a alguien al asesinato es el mismo que ahora el novelista siente.

Mención aparte la escogencia de Peter Sellers para que interpretara al dramaturgo Quilty, el tipo con más onda del lugar, el treintañero por el cual todas las chicas de quince están locas, el vampiro sicótico que va detrás de su presa no tanto por el placer que le daría revolcarse en su cama con una ninfa sino por desagradar al monstruo que se le ha adelantado llevándosele la presa. Como ningún otro director Kubrick logró explotar la versatilidad que tenía el cómico inglés a la hora de interpretar varios papeles dentro de una misma película. Esto se verá todavía con mayor amplitud en el proyecto inmediatamente posterior , El doctor Strangelove.

Pocas películas de dos horas y media tienen la potencia y el ritmo que presenta este clásico que a sus cincuenta y dos años todavía puede verse con el mismo interés que se vio en su estreno. Esta es la película que partiría definitivamente la filmografía de Stanley Kubrick en dos. Después de Lolita no volvería a trabajar en Estados Unidos y se afincaría definitivamente en su fortaleza inglesa. Fortaleza en la que permanecería hasta su sorpresiva muerte tres décadas después. 

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